miércoles, 29 de noviembre de 2006

Bichos urbanos

El escenario urbano nos abruma, desde mi ventana veo miles de cables surcando el cielo, veo la geometría confusa del cemento dibujándose en la tarde como una polaroid envejecida. En esta ciudad de bocinazos, gritos, desincronización y barreras bajas, de monstruosos monumentos, de aerosoles y palabras volátiles, de horrendos palomares y pajaritos que no tienen la culpa de nada… en esta ciudad nos toca abrir los ojos y sonreírle entre lagañas al vecino y al colectivero, nos toca cruzarnos con las mismas personas una y otra vez cada día sin siquiera saber si saben que sabemos que son ellos, otra vez el señor de bigotes que duerme con la cabeza apoyada en la ventanilla, y la chica que le gusta vestirse de lila, y sin saber su nombre inventarnos uno que pegue con su cara…
Nos toca esperar que corten los semáforos para cruzar mirando al cielo, a los techos, y en ese miserable instante descubrir tristemente que nadie más nos cuida sino nosotros mismos. Pasar por un bar y ver al mozo a través del vidrio pasándole la franela a la mesita, levantando migas y tazas sucias de café como la más fresca evidencia del encuentro entre dos amigos que decidieron romper con la rutina y volver a verse después de tanto tiempo, en el mismo bar de siempre, y ver que al mozo de la mirada pedida nada de eso le importe, porque esperaba más que tres monedas de propina y con cara de molusco adormecido levante los ojos hacia nosotros y nos mate de tristeza.
Sin opciones, nos toca sentirnos parte de esta extraña maleza de cabezas girando sin fe, y de un montón de fe girando sin cabezas, de religiones, de huellas apiladas sobre los adoquines, de almas sin ropa ni pan, tristes, pobres, solos y sin más (otra vez esa tristeza entrando por los pies).
Y de pronto me digo: la tarde está preciosa y me gustaría ser feliz... Podemos permitirnos trazar ese medio paréntesis y dejar que cualquier cosa nos sorprenda, aunque esa cualquier cosa sea apenas una rama flotando en un charco? Creo que sí, porque más allá de todo hay una música que todo lo pone a andar y un perfume que sale de los arboles, en este mundo roto, rengo, tuerto, que de igual modo florece en cada Navidad.
No duele tanto pensar en lo que no se puede hacer (aunque quede pendiendo de algún costado) cuando se piensa en lo que sí se puede. Cuidar, proteger, amar.
La tarde está preciosa, y está ahí afuera para todos.
Los quiero mucho.

Butterflaldi

1 comentario:

Dr Cucho dijo...

Creo que el sentimiento que vivimos a diario es compartido por muchos de nosotros; quizas solo logramos evadirnos de la lacura cuando llegamos a nuestro hogar y logramos respirar profundo y por unos instantes perder toda conciencia!
Aqui en la ciudad una nueva hora comienza, como diria un locutor hace mucho time, es de nite y tanto mi ser como mi alma estan abatidos por el andar del camino!
Brindo por que mañana sea otro dia!
LQM